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Breve Ensayo sobre el arte y su crítica, III

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Veamos como determinados objetos que hoy son considerados como auténticas obras de arte de la antigüedad, no lo eran en su más íntimo sentido inicial, obras que formaban parte de los rituales de fertilidad de esas culturas, de los ritos funerarios, de elementos esencialmente litúrgicos en el ámbito de la cacería o la guerra, ahora han cobrado otras esencias, desde otras perspectivas sociales, por supuesto, desde otra mirada sin duda y a esas esencias se les da un valor en la historia del arte, pero también la mirada puesta desde la perspectiva de nuestra propia evolución conceptual,

Pero si centramos la satisfacción de los sentidos a través de la belleza como la única o quizás la que podríamos considerar como la más significativa función de toda obra de arte podríamos llegar a enfrentar determinados supuestos del ámbito contemporáneo por su oposición a las concepciones estéticas. La historia de las civilizaciones aporta por este mismo hecho el valor que corresponde a los parámetros estéticos, de manera que la evolución misma refiere posibles cambios de concepción, de visión sobre la obra de arte.

La relación entre el artista y su obra no pueden extraerse del plano social, como de las conexiones que se dan entre la sociedad y la obra de arte, de hecho recordar en este estudio el valor de los comentarios de Diderot en sus salones, nos permite afirmar con rotundidad que ello responde a lo expresado en líneas anteriores, en lo relativo a la realidad gnómica, en el sentido de componer sentencias y reglas morales, que si bien aplicable inicialmente a la poesía resulta perfectamente aplicable a la consideración o crítica del arte, en función de los parámetros estéticos y las consideraciones de que es o no es arte en función del contexto social y del momento político de que se trate.

Las obras, las creaciones, ponen de manifiesto el contexto social en el que se desarrollan, es decir que no son solo los ojos del espectador, los ojos del crítico y su perspectiva, también la perspectiva del creador, no por condicionar la época la calidad o génesis de la obra, ni la genialidad del artista, sino por proponer toda una serie de ideas i valores que se reflejan en ella, de una manera inevitable fruto tanto de los procesos educativos como de las propias vivencias sociales.

Resulta obvio que en cada etapa artística, aquellas que definen los diferentes momentos históricos con anterioridad al siglo XIX: clásico, postclásico, románico, gótico, Renacentista, Manierista, Barroco, Rococó y Neoclásico, a lo que hay que sumar todas las escuelas y estilos que se desarrollan a partir de estos momentos definidos, podemos observar toda una serie de rasgos comunes que nos permiten identificar los que se conoce como estilo artístico, un concepto que parte de la raíz griega “stilo” que nos viene a significar “columna”, entendida desde la perspectiva del origen pero también como elemento que sostiene la base identificativa del momento histórico en la delimitación de los períodos artísticos, sus componentes y los elementos que nos permiten definirlos.

Esta pragmática nos permite delimitar, nos permite encuadrar el arte, clasificarlos, analizar los elementos que les son comunes y a partir de ahí transcribir alguna cosa más que los elementos técnicos que han de verse comprometidos para ahondar en la sensibilidad artística del momento y del autor que se enmarcan en unas coordenadas históricas que establecen a la vez ese contexto social que abarca también al micro cosmos que se genera entre los creadores en espacios y contextos distintos, a veces con tradiciones intelectuales heterogéneas, por donde a pesar de los límites que a veces nos resultan difusos, ello nos permite establecer posiciones conceptuales y metodológicas que nos aportan sobre los modelos actuales la interpretación del pasado, aunque este sea inmediato desde un punto de vista evolutivo en la creativa artística.

Si nos atenemos a las premisas que en su primera obra el historiador y crítico de arte Francesco Poli nos indica[5] , cuando afirma que “la principal resistencia que se halla siempre en el cuerpo social consiste en rodear al arte con una áurea religiosa o mística, como si éste fuese solo trascendencia, contemplación actividad solitaria del genio o expresión del infinito”, podemos entender que se hace preciso contextualizar la necesidad del arte, que ya sabemos destinado a satisfacer necesidades del hombre, quien debe contener en un principio su observación crítica.

Será sin embargo el austríaco Ernest Fisher[6], quien será capaz de traducirnos, desde la perspectiva de la filosofía la necesidad del arte al plantearnos la cuestión de si éste cumple realmente una función concreta, se constituye como una actividad normal o habrá de desaparecer con una etapa superior en la evolución civilizacional de la humanidad.
 

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